San Fermín: Este año no nos pillará el toro

 Por ANA LUCIA ORTEGA

 Especial/el Nuevo Herald

Texto y fotos ©

Monumento a los Sanfermines en Pamplona, Navarra

En julio, estalla Pamplona. Una euforia extraordinaria circula por las venas de la ciudad de estirpe medieval, que ostentó la capitalidad del reino navarro, en el norte de España. La fiesta desbocada de los Sanfermines lo inunda todo a su paso, y los recién llegados nos dejamos arrastrar por la marea blanquirroja sin oponer resistencia, porque hemos ido a vivir el chupinazo, los encierros, la procesión… Sin embargo, debido a la pandemia del Covid-19, el festejo estival más cosmopolita ha sufrido este año la quinta suspensión de los últimos dos siglos de su existencia. En lugar de instalarnos en la nostalgia, apetece poner a Navarra en el punto de mira, recorrer algunos enclaves fascinantes que rodean a Iruña y andar por esos pueblos, que acurrucados en verdes valles, miran hacia los desfiladeros pirenaicos. 

Tudela 

La peculiar orografía de Tudela, le ha conferido un carácter único a la segunda mayor población navarra, que se desarrolló entre las fértiles tierras regadas por el Ebro y las semidesérticas Bardenas Reales, auténticos parajes africanos en medio de Europa. 

Titular de la mejor alcachofa que se cultiva en España, no pasa inadvertida en el cosmos de la cocina gourmet, mientras las fiestas de la verdura y las jornadas gastronómicas nos proponen un abanico de degustación irresistible para todo tipo de paladares. 

El entorno monumental de la ciudad donde convivieron cristianos, musulmanes y judíos, es una tentación a perdernos por las callejuelas empedradas, y admirar la impresionante Puerta del Juicio de la Catedral cisterciense de Santa María. Pasearemos por las juderías y descubriremos los palacios tudelanos recorriendo siglos de historia sin movernos de la comarca, cuya panorámica más espléndida la encontraremos desde el puente medieval de diecisiete arcos ojivales sobre el Ebro. 

Nuestra visita a Tudela empezará o terminará degustando alguno de los productos locales en la Plaza de los Fueros, una de las más bonitas de España.

Fachada del ayuntamiento de Pamplona 

Burguete 

Este pueblo recóndito juega a estar extraviado entre los verdes montes navarros, y quizás por eso, conserva el embrujo de lo añejo y prohibido. Su nacimiento se vincula a la Ruta Jacobea nueve siglos atrás, y actualmente hospeda a los peregrinos que van a Santiago de Compostela. En la calle principal, el sonido del agua que corre por los canales a los pies de las casas pirenaicas, se convierte en el protagonista sensorial del núcleo urbano. 

El premio «Mejor Cementerio de España» de 2014 recayó en su necrópolis, y también ostenta la consideración de «Bien de Interés Cultural». A tan solo una hora de Pamplona, constatamos que se revalida como una opción fascinante para pasar un par de noches en uno de sus alojamientos rurales. Uno de ellos, el hotel Loizu, en San Nicolás, la principal arteria del municipio, ocupa un antiguo edificio restaurado de planta rectangular, cuya cocina natural y contundente es una apuesta segura. 

San Juan Pie de Puerto 

A media hora de Burguete, la ubicación de este poblado francés (Saint Jean Pied de Port) de la Baja Navarra, es pretexto para pisar territorio galo, y a su vez, toparnos con una de las panorámicas más sublimes de los Pirineos, tras cruzar la emblemática Puerta de Santiago (Saint Jacques), símbolo de la resistencia de los peregrinos del medioevo que franqueaban la cordillera desde Francia. A esta primera etapa del Camino Francés se la conoce por «Los puertos de Cize», y durante siglos ha sugestionado a quienes desandan sus severos 26 kilómetros, encarnando la cima de la espiritualidad; por ello la Unesco ha protegido la ruta incluyéndola en la lista del Patrimonio Mundial. 

La pequeña villa medieval, como antaño, late al paso de los peregrinos que siguen desafiando la rudeza de los puertos de Cize, y proliferan albergues y las tiendas especializadas. El puente Eiheraberri sobre el río Nive, la iglesia gótica Notre Dame du Bout du Pont y la ciudadela de Mendiguren, son la referencia viva de un pasado legendario que nos llevaremos en la retina y algún recuerdo en la mochila.

Roncesvalles 

A menos de cincuenta kilómetros de Pamplona y a dos de Burguete, la Real Colegiata gótica de Santa María de Roncesvalles despunta entre los hayedos que rodean los escasos metros cuadrados de este municipio, con solo 22 habitantes censados. Antes fue el hospital de peregrinos que hizo levantar el rey Sancho el Fuerte en el siglo XII. 

Fiel a su origen desde la llegada de los celtas a la península, continúa siendo una villa de tránsito con los servicios necesarios para atender a los peregrinos, como el albergue y el parking. Se hizo notorio por la victoria de los vascones sobre el ejército de Carlomagno en 778 y una de sus curiosas secuelas es el «ajedrez de Carlomagno», expuesto en el museo de la Sala Capitular de la basílica. Según la leyenda, el emperador estaba jugándolo cuando el olifante de su sobrino Roldán, jefe de las tropas, envió la humillante noticia. 

Los paisajes apacibles y la niebla dan carácter a este pueblo, inmortalizado en una de las composiciones épicas más importantes de la edad media: el Cantar de Roldán. Los aspirantes a contraer matrimonio podrían encontrar en Roncesvalles un lugar muy exclusivo ya que se celebran bodas en un ambiente único. 

El café Iruña de Pamplona durante la pandemia de 2019
Olite 

La huella de uno de los palacios más suntuosos de la Europa medieval y el más importante de Navarra con sus seis extraordinarias torres, sigue dándole categoría patrimonial a este pueblo, rico en historia y vinos. Lo mandó a edificar Carlos III «El Noble», rey de Navarra entre 1387 y 1425, y tras veintidós años de obras, lo pobló de todo el lujo a su alcance: colores chillones – los más caros de la época–, tapices chipriotas y turcos bordados con hilos de oro, naranjos, rosales de Alejandría y una corte de animales exóticos como avestruces o búfalos. 

Aunque de aquella suntuosidad solo queda el edificio recuperado en los años setenta, el halo de poder y esplendor que vivió Erriberri (en euskera) atrae a visitantes a esta villa de fábula, porque nos fascinan sus alrededores, y su Palacio Real conformado por tres moles de piedra, una de ellas, el actual Parador Nacional. Antes de irnos, es imprescindible ver la Cámara de los Lazos o Salón del Rey; el Jardín Colgante, también llamado claustrillo de la Reina; y lo más inaudito: la morera plantada en el patio hace 300 años, Patrimonio Natural protegido. 

La panorámica desde la Torre del Homenaje nos parecerá un sueño y nuestra vista alcanzará las Bardenas Reales. 

Pamplona 

El encanto de su solera la dota de un magnetismo como ninguna otra ciudad tiene. Es capaz de rendir a sus vecinos y a cualquier forastero con su estilosa cocina y extraordinarios pinchos. Su incalculable patrimonio arquitectónico con la Catedral neoclásica a la cabeza, nos invitan a recorrer el casco antiguo, y sus kilométricas murallas, calificadas Monumento Nacional. La iglesia de San Saturnino, patrón de la ciudad, guarda la imagen del mítico San Fermín, primer obispo que tuvo Iruña. A su memoria estalla el chupinazo anual al mediodía del sexto día de julio, excluyendo este año. Desde el balcón de la fachada barroca del Ayuntamiento, en una plaza donde no cabe un alfiler y al compás de La Biribilketa, se desparraman las Fiestas de San Fermín. 

El monumento en Pamplona

Es sabido que Pamplona fue popularizada por el nobel de literatura Ernest Hermingway; también lo hizo Orson Wells desde su atalaya en el Gran Hotel La Perla; así como Arthur Miller, quien según la hemeroteca, en ocasión de su visita a Pamplona quiso conocer las cuevas de Zugarramurdi. Fue así como Pamplona le dio la vuelta al mundo y ahora el mundo entero quiere recorrerla. 

Y sobran razones. 

Este artículo se publicó en El Nuevo Herald el 2 de julio de 2020


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