Por ANA LUCIA ORTEGA texto y fotos©
Una leyenda milenaria popularizó Karlovy Vary, la ciudad balneario checa. Se cuenta que Carlos IV, emperador del Sacro Imperio Germánico, cazaba por los bosques de esa región de Bohemia, cuando su perro cayó en un manantial de aguas humeantes persiguiendo un ciervo, y al parecer, sus heridas se esfumaron. Aquella aventura campestre fue el germen de una villa termal, que para el siglo XVIII se había transformado en un atractivo destino para la burguesía y aristocracia europeas.




Karlovy Vary, cuyo nombre proviene de “Baños de Carlos”, por su descubridor, está a menos de dos horas de Praga, capital de la República Checa. Edificios hijos del Neoclasicismo y del Art Nouveau, sorprenden con fachadas sinuosas y coloridas. La mezcla de otros estilos arquitectónicos como el gótico, barroco y renacentista le dan un carácter cosmopolita. Durante la etapa soviética, se introdujo el brutalismo, cuyo emblema es el Hotel Termal, situado frente a un lago paradisiaco. El río Teplá deja correr sus aguas calientes por el canal, entre dos orillas repletas de construcciones eclécticas y hasta la exuberante vegetación va tiñendo de humedad el paisaje urbano, llegando hasta las colinas.
El sosiego es habitual en las ciudades balnearias, pero en Karlovy Vary conviven, armónicamente, el relax con el mundanal ruido. Así fue a partir del siglo dieciocho, cuando la ciudad ya se identificaba como la panacea gracias a los tratamientos termales, y llegado el siglo diecinueve, el auge constructivo sembró la villa de elegantes edificios. Desde entonces, personajes de la política como el zar ruso Pedro el Grande y Francisco José I, Emperador del Imperio Austrohúngaro; compositores de élite como Beethoven, Wagner, Paganini o Chopin; y escritores de la talla de Kafka y Goethe, o el maestro del psicoanálisis Freud, fueron algunas de las celebridades que vivieron, pernoctaron o tomaron sus baños medicinales en esta región de Bohemia. Entonces, la percepción del tiempo era más lenta que en la actualidad. Sin embargo, a pesar del turismo, aquí se respira paz y bienestar.
Las jarras de Karlovy Vary
Los pacientes se entremezclan entre los turistas de la ciudad balneario. Los reconocemos al verlos andar de fuente en fuente, con sus jarras con pajita incorporada, para sorber las cantidades prescritas por sus médicos. Las enfermedades más comunes que se tratan son las del aparato digestivo: úlceras estomacales, problemas del hígado o la vesícula, estreñimiento e incluso cáncer.
En paralelo, los tratamientos con las aguas minero medicinales, se complementan con masajes y terapias como la reflexología o el empleo de barro. Afecciones como la artritis, colesterol, poca movilidad, y problemas lumbares y en articulaciones, son las más corrientes en la población adulta, y en Karlovy Vary encuentran excelentes cuidados.
En 2024 la región experimentó un aumento de visitantes llegando a 1,363,907 turistas, según datos de Czech Tourism. La misma fuente confirmó que los huéspedes pernoctaron en la ciudad balneario 4.7 días como promedio y fueron mayoría los extranjeros.
Las aguas termales provienen de enormes profundidades y salen a la superficie mineralizadas, y a temperaturas altísimas, como el Géiser del céntrico Pabellón de Vřidlo, conocido también como el Hervidero, cuyo caudal supera los 2 mil litros por minuto y excede los 72 grados centígrados. Es uno de los lugares más visitados de la ciudad. Hay innumerables fuentes en varias localizaciones de la población, pero usualmente los pacientes acuden con sus tazas a doce de ellas, donde las llenan con las dosis que tienen prescritas, en los horarios indicados en los tratamientos. Por eso, uno de los recuerdos más icónicos de esta ciudad serán las tazas serigrafiadas con estampas de la villa balneario.
Experiencias multisensoriales
La afluencia de turistas a esta ciudad, no se debe solo a las virtudes de sus aguas termales. Alguno de sus especiales atractivos son sus seis Columnatas. La del Mercado, en la ribera izquierda del Teplá, impactante con su estilo suizo. La del Palacio, de estilo Art Nouveau, cobija la fuente donde estuvieron los primeros “Baños de Carlos” el emperador, y la del Vřídelní Kolonáda, aloja al famoso Géiser donde todos los visitantes quieren fotografiarse. Las otras dos son la del Molino, con fuentes de cinco manantiales y la del Parque, con el canal del Manantial de la Serpiente.
Visitar el museo del Vidrio Moser es la oportunidad para conocer la historia de esta casa. Fundada en 1857 por Ludwing Moser, en Karlovy Vary, lo que empezó siendo un taller, transformó el concepto de crear cristalería trabajando el vidrio sin plomo, en un objeto artesanal de lujo, reconocido hoy como “El vidrio de Reyes”. La Casa Real española, el Papa Pío XI, la reina Isabel II, el Palacio Real de Bahrein, o el rey de Noruega Harald V, son algunos de los clientes que consumen esta cara y exclusiva cristalería. La visita a la fábrica es otro atractivo que aporta una visión íntima de los entresijos de una factoría con solera, que permite ver cómo trabajan estos artífices de objetos irrepetibles.
El cristal de Bohemia también logró notoriedad, tras centurias de tradición vidriera, desde los años en que los hornos funcionaban quemando madera. Gracias al ferrocarril y al uso del carbón posteriormente, la producción se aceleró. Tras el parón de la Segunda Guerra Mundial la locura por la belleza catapultó a estos artículos que imitaban la luminosidad del cristal de roca y que, a partir de los años cincuenta del siglo pasado, triunfaban en las exposiciones internacionales. La mezcla de llamativos colores a partir del s. XVIII también se convirtió en su signo, y actualmente pueden comprarse finísimas copas, vasos, figuras de cisnes, floreros, entre gran variedad de artículos. Las limas de uñas hechas de cristal de Bohemia, se han convertido en un refinado utilitario, que se lleva como recuerdo o para regalar a familia y amigos. Otro souvenir, mucho más sofisticado, es el granate, una piedra preciosa oriunda de la región, de color rojo intenso, que se engarza en las joyas, y es distintivo de Chequia.
En la esfera gastronómica Karlovy Vary aporta también singulares placeres, como los barquillos de Carlsbad rellenos de cremas de varios sabores (avellanas, almendras o cualquier otro fruto seco). Su producción anual supera las treinta toneladas y muchos prefieren adquirirlos en tiendas ambulantes, para vivir la sensación de disfrutarlos en plena calle. Otro de los placeres autóctonos que se degustan, es el licor de hierbas Becherovka, que lleva deleitando paladares desde hace más de 200 años en Karlovy Vary. En la sede del Museo Jan Becher, (fundador y creador del licor), se conoce el proceso de elaboración de esta antiquísima bebida espirituosa, se hacen degustaciones, y se puede adquirir la icónica botella verde, del líquido que ha superado centurias y contiene ingredientes secretos.
El histórico Granhotel Pupp es un clásico. Ha alojado a incontables celebridades, actores como Michael Douglas, Gregory Peck, o Whoopi Goldberg, entre otros, y actualmente es la sede del Festival de Cine de Karlovy Vary, sin contar infinidad de políticos y personalidades que han pernoctado en sus habitaciones. Escenario de rodaje de varias películas como La Vie en Rose (2007) y Casino Royale (2006), ha visto pasar siglos de gloria y acontecimientos terribles, como el incendio de la ciudad en 1759. Ocho años después llegaría el pastelero que, casándose con la hija del propietario, le diera el nombre que actualmente tiene este alojamiento: Pupp.
Desde el mes de julio de 1946 se celebra en Karlovy Vary el festival de cine que premia las mejores producciones cinematográficas con el Globo de Oro. La afluencia anual de figuras internacionales de la gran pantalla, crean una atmósfera de glamour y sofisticación. A nivel cultural es una extraordinaria oportunidad para disfrutar de la vida cultural de la ciudad, con proyecciones de películas, alfombra roja, photocall, entrevistas y espectáculo.
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